Tras finalizar los ensayos clínicos, la autora tuvo la imprudencia de mirarse al espejo.

Después de unos segundos de silencio y cierta perplejidad, declaró:

—Esa señora no soy yo.

Según fuentes próximas, llegó a plantearse interponer una demanda formal contra el conocido programa de edición de imágenes responsable de los experimentos.

La reclamación incluía los siguientes cargos:

• Exceso de juventud no autorizada.

• Pestañas de una longitud irresponsable.

• Cabellera de diosa escandinava sin consentimiento previo.

• Diferencias excesivas entre la realidad y el estado de ánimo del programa.

Gregorius sugirió prudencia.

Aurelius recordó que ya había advertido de los riesgos.

Sor Piedad tuvo que abandonar la reunión porque no podía dejar de reír.

Sor Castidad preguntó:

—Madre Paciencia… si denunciamos el programa, ¿nos devolverá las arrugas?

Y Madre Paciencia, sin levantar la vista del calcetín que estaba remendando, respondió:

—No, hija mía.

Las arrugas vuelven solas.

La dignidad, a veces, no.

«Niñas… si el programa os quita treinta años, no os miréis al espejo en ayunas. El disgusto es mayor.»