La noche era tranquila y las velas seguían ardiendo con aquella luz humilde que tanto gustaba a los viejos monjes.
Frater Aurelius llevaba bajo el brazo un rollo de pergaminos. Frater Gregorius lo escuchaba con la paciencia de siempre.

—Gregorius.
—¿Sí, maestro?
—Hace muchos años que me llamáis maestro.
—Es cierto.
—Ya no recuerdo cuándo empezasteis.
Gregorius sonrió.
—Yo tampoco.
—Tal vez debería haberos dicho que dejarais de hacerlo.
—Tal vez.
—No lo hice.
—No.
—¿Os molesta?
—Nunca.
Guardaron silencio durante unos instantes.
—Gregorius.
—¿Sí, maestro?
—Cuando yo ya no esté, ¿qué haréis con todos estos papeles?
Gregorius acarició el pergamino que Aurelius sostenía entre las manos.
—Los guardaré.
—¿Por qué?
—Porque son vuestros.
—Solo son papeles.
—No, maestro.
—Son los años.
Aurelius bajó la mirada.
—Siempre tenéis una respuesta.
—No siempre.
—Sí, Gregorius.
—Casi siempre.
Y el viejo cronista sonrió.
—Bendita sea vuestra paciencia.
—Hace muchos años que me bendecís, maestro.
—¿Y todavía no os habéis cansado?
—No.
—¿Por qué?
Gregorius se tomó unos instantes antes de responder.
—Porque he tenido la fortuna de caminar a vuestro lado.
Y Frater Aurelius, que hacía años que no encontraba palabras para ciertas cosas, simplemente asintió.
Los dos viejos monjes continuaron paseando lentamente entre los libros, sin prisa, como hacen los amigos que ya no necesitan llenar todos los silencios.
— Fragmento encontrado entre los papeles de Frater Gregorius.




