La noche de Halloween ha llegado al Convento de la Inmaculada Discreción.

Y, contra todo pronóstico, el convento continúa en pie.
Las velas iluminan los pasillos, las calabazas vigilan discretamente las ventanas y las hojas de otoño se han apoderado de cada rincón de la despensa.
Todo parece tranquilo.
Solo lo parece.
En el interior, Sor Patata y Sor Piedad han decidido que Halloween es una ocasión perfecta para reorganizar las provisiones.
Nadie se ha atrevido a preguntar qué significa exactamente «reorganizar» en su vocabulario.
Sor Castidad, por su parte, intenta mantener intacta la Inocencia Institucional, una tarea que esta noche presenta dificultades extraordinarias.
Y mientras todo esto sucede, Madre Paciencia recorre el convento con esa expresión de quien ya ha visto cosas que no querría volver a ver nunca más.
Pobre Madre Paciencia.
En la despensa, sin embargo, hay dos espectadores que contemplan la escena con creciente preocupación.
Aurelius y Gregorius.
—Aurelius…
—¿Sí, Gregorius?
—Esta es la noche de Halloween, ¿verdad?
—Correcto.
Gregorius observó las calabazas.
Las velas.
Las provisiones.
Sor Patata.
Sor Piedad.
Y finalmente a Madre Paciencia, que en aquel momento acababa de descubrir que alguien había movido tres tarros de sitio.
—Aurelius…
—¿Sí?
—¿Tú crees que Halloween tiene algo que ver con el castigo por nuestras vidas anteriores?
Aurelius reflexionó unos instantes.
—No lo sé, Gregorius.
Pausa.
—Pero empiezo a sospechar que debimos de ser muy mala gente.
Gregorius asintió solemnemente.
Desde el fondo de la despensa se oyó la voz de Sor Patata:
—¡Sooor Piedaaad…! ¿Dónde están las berenjenas?
Silencio.
Madre Paciencia cerró los ojos.
Aurelius y Gregorius se miraron.
Y aquella noche de Halloween, en el Convento de la Inmaculada Discreción, nadie volvió a hacer preguntas.
Por pura supervivencia.




