Castillo de Vallefisgón

«En el Castillo de Casa Nappius, la dignidad se perdió hace generaciones. La porcelana, en cambio, todavía se conserva intacta… de momento.»

Escondido entre bosques antiguos y senderos que solo recuerdan los jabalíes, se alza el Castillo de Vallefisgón, residencia ancestral de los Nappius.

Sus torres siguen desafiando al tiempo con orgullo, mientras la hiedra, los rosales y una cierta dejadez aristocrática se han ido adueñando de sus muros.

El conde Cassannovus Nappius sostiene que todo forma parte de un refinado concepto de belleza romántica.

Amadeus Culerus, amigo de toda la vida, opina discretamente que hace años que nadie limpia los canalones.

Aquí, las alfombras esconden grietas, los retratos vigilan los pasillos y las cucharas de plata tienen más protagonismo del que sería razonable.

Bienvenidos a Vallefisgón.

Donde la nobleza resiste.

El tejado… a veces no tanto.

Los habitantes del Desván

«Me llamo Aurelius y llevo muchos años recopilando historias que nadie me pide.»

«Algunas son entrañables. Otras son absurdas. La mayoría debería haberse quedado dentro de un cajón… pero las historias tienen la mala costumbre de escaparse.»

Si habéis llegado hasta aquí, ya es demasiado tarde para dar marcha atrás.

Pasad. Os los presentaré uno por uno.

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Gregorius

Erudito, archivero e incansable perseguidor de documentos cuya existencia nadie sospechaba.

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Orian

«Juglar de sonrisa triste que nunca busca protagonismo. Dicen que conoce todas las historias del bosque, pero solo las cuenta cuando el viento también tiene ganas.»

«…Cuando se marcha de un pueblo, nadie recuerda exactamente qué canción estaba tocando. Pero durante unos días, todo el mundo es un poco más amable.»

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Sor Patata de Lurdes Parruset

Religiosa por vocación, hortelana por convicción y especialista en explicar cosas que deberían haberse quedado solo en el pensamiento.

Su tratado sobre la ventilación de los nabos y los moñoñongos sigue prohibido en la biblioteca del convento.

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Sor Piedad de los Dolores Absurdos

Es la única monja del convento que entra en la fresquera con una cesta vacía y siempre sale de ella profundamente satisfecha. Madre Paciencia ha decidido no hacer más preguntas.

Sostiene que los nabos también necesitan cariño. Nadie ha querido profundizar en el asunto.

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Sor Castidad

Alma pura y corazón sencillo. Todavía intenta averiguar qué es exactamente un moñoñongo y si existen semillas para plantarlos en el huerto del convento. Las demás hermanas han decidido cambiar de tema cada vez que hace la pregunta.

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Madre Paciencia

«La fe mueve montañas. La paciencia, en cambio, gobierna conventos.»

Nadie recuerda cuándo perdió la calma por última vez. Probablemente porque todavía no ha ocurrido. Aun así, de vez en cuando se la ve mirando al cielo con una expresión que solo Dios parece comprender.

«El Señor le concedió una gran virtud: convivir con Sor Patata, Sor Piedad y Sor Castidad sin pedir el traslado.»

🥒 Oda al pepino

¡Oh, noble pepino verde,
fresco habitante del huerto,
tú que creces en silencio
sin pedir jamás honores!

Crujiente como el viento de verano,
sereno como el agua del arroyo,
eres el héroe de las ensaladas
y el consuelo del caracol.

Pepino querido,
pepino triunfante,
¡que nunca te falte tierra
ni un rayo de sol brillante!

Y si alguien te desprecia
por tu humilde verdor,
¡nosotros alzaremos las jarras
y cantaremos en tu honor!

¡¡Ooooooooh, pepinoooooooo!!

¡¡Veeeeeerde y refrescaaaaaante!!

🌿 CUANDO FLORECEN LOS NABOS

Crónica de una esperanza incorruptible.

🤍 Sor Castidad llega muy contenta con una cesta.

«¡Hermanas! ¡He encontrado más nabos!»

🥔 Sor Patata y 🌹 Sor Piedad se miran.

🕊️ Madre Paciencia:

«Ay, Señor…»

Sonríen.

Y dicen al mismo tiempo:

«Bendito sea el Señor.»

🤍 Sor Castidad, cada primavera:

«Este año sí que encontraré semillas.»

🥔 Sor Patata:

«No es fácil, hija.»

🌹 Sor Piedad:

«Necesitan mucho cariño.»

Los nabos del convento

La esperanza continúa…

¡Este año son más grandes!

Y, al fondo del convento, se oye un clonc.

Sor Patata acaba de dejar caer la cuchara.

Sor Piedad se gira hacia la pared «para rezar un poco».

Madre Paciencia se quita las gafas, las limpia muy despacio y murmura:

Señor… dadme serenidad…

Y Sor Castidad, completamente ajena al desastre que acaba de provocar:

¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro?