🕯️ Anotación de Gregorius

El maestro Aurelius ya se había retirado.

La biblioteca estaba en silencio.

He regado el helecho de la ventana y he encontrado una hoja seca dentro de un libro que nadie abría desde hacía años.

La he dejado donde estaba.

Las cosas pequeñas también tienen memoria.

No he oído ninguna discusión procedente del Desván.

Si estaban allí, que Dios las bendiga.

Y si no estaban, también.

✒️

Gregorius, ayudante del maestro cronista

🕯️ Conversación en el pasillo de la biblioteca

La noche era tranquila y las velas seguían ardiendo con aquella luz humilde que tanto gustaba a los viejos monjes.

Frater Aurelius llevaba bajo el brazo un rollo de pergaminos. Frater Gregorius lo escuchaba con la paciencia de siempre.

—Gregorius.

—¿Sí, maestro?

—Hace muchos años que me llamáis maestro.

—Es cierto.

—Ya no recuerdo cuándo empezasteis.

Gregorius sonrió.

—Yo tampoco.

—Tal vez debería haberos dicho que dejarais de hacerlo.

—Tal vez.

—No lo hice.

—No.

—¿Os molesta?

—Nunca.

Guardaron silencio durante unos instantes.

—Gregorius.

—¿Sí, maestro?

—Cuando yo ya no esté, ¿qué haréis con todos estos papeles?

Gregorius acarició el pergamino que Aurelius sostenía entre las manos.

—Los guardaré.

—¿Por qué?

—Porque son vuestros.

—Solo son papeles.

—No, maestro.

—Son los años.

Aurelius bajó la mirada.

—Siempre tenéis una respuesta.

—No siempre.

—Sí, Gregorius.

—Casi siempre.

Y el viejo cronista sonrió.

—Bendita sea vuestra paciencia.

—Hace muchos años que me bendecís, maestro.

—¿Y todavía no os habéis cansado?

—No.

—¿Por qué?

Gregorius se tomó unos instantes antes de responder.

—Porque he tenido la fortuna de caminar a vuestro lado.

Y Frater Aurelius, que hacía años que no encontraba palabras para ciertas cosas, simplemente asintió.

Los dos viejos monjes continuaron paseando lentamente entre los libros, sin prisa, como hacen los amigos que ya no necesitan llenar todos los silencios.

Fragmento encontrado entre los papeles de Frater Gregorius.

🍆 Sobre la cosecha de berenjenas

📜 Fragmento de los Anales no autorizados del Desván Prohibido

La Madre Superiora Sor Paciencia había dispuesto que Sor Patata de Lourdes Moñoñongo y Sor Piedad de los Dolores Absurdos recogieran las berenjenas antes de la hora de nona.

Aquella decisión, aparentemente inocente, sería objeto de estudio durante muchos años.

—Sor Piedad de los Dolores Absurdos, mirad esta.

—Ay, Sor Patata de Lourdes Moñoñongo, ¡qué belleza!

—Bien lustrosa.

—Sí.

—Bien firme.

—Sí.

—La naturaleza es maravillosa.

—Ciertamente.

—Yo siempre he pensado que las berenjenas demasiado grandes impresionan, pero no necesariamente son las más finas.

—La sabiduría popular lo confirma.

—Pero un tamaño proporcionado…

—…es una bendición.

—Exacto.

—Estas dos escriben torcido con líneas rectas, Gregorius.

—También es un don, maestro.

—No sé si es un don o una prueba.

—Quizá un poco de las dos.

—Señor.

—Yo os pedí humildad, caridad y obediencia.

—Nunca os pedí sentido del humor.

—Sor Piedad de los Dolores Absurdos, yo siempre he pensado que las berenjenas lustrosas…

—Ay, Sor Patata de Lourdes Moñoñongo, no me hagáis hablar…

Y Sor Paciencia, cerrando los ojos:

—No, hija mía.

—No os lo estaba pidiendo a vos.

He abandonado toda pretensión de comprender los designios de la Providencia.

Me conformaría con entender a estas dos marranas.

Lo considero altamente improbable.

Aurelius, cronista de El Desván

Sor Patata de Lourdes Moñoñongo

Para peticiones de oraciones, recetas de boniato o colaboraciones comerciales:

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No se promocionarán productos incompatibles con la vida contemplativa ni fertilizantes de procedencia dudosa.

—Señor.

—Concededme humildad.

—Concededme paciencia.

—Concededme caridad.

—Pero, sobre todo, si es vuestra voluntad, que el huerto de este año vuelva a dar aquellas berenjenas tan… armoniosas.

Y desde el último banco, Sor Paciencia abre un ojo.

—Señor.

—Ignorad el último párrafo.